— REDBLISS — Capítulo 1: La App del momento
- Gardenia Verchiel
- hace 36 minutos
- 26 Min. de lectura
El primer clic
La Ciudad de México no duerme, te vigila. Se arrastra y respira por millones de bocas. Exhala un vapor que apesta a miedo. Su tráfico no fluye, se pudre, los cláxones no suenan; te gritan. El asfalto está caliente, como si debajo hirviera algo vivo que quiere salir. Tacos, gasolina, sudor, palomitas y orina. Todo junto. Todo pegado a la piel. Y entre los rostros apurados, nadie mira a nadie. Porque mirar es peligroso. Sentir, una distracción. La ciudad engulle lento, sin hacer ruido, como si tragara almas en cuotas. Te promete el cielo, te da una pantalla. Te promete libertad, y cada calle es un callejón sin salida.
—
Un niño vende chicles en el semáforo. La luz cambia, nadie le compra. Vivir aquí es eso.
El departamento de Marta huele a café recalentado y a veladoras que ya nunca prende. Está en la Narvarte, en un tercer piso sin ascensor, donde las paredes tienen manchas de humedad con forma de mapas que nadie quiso dibujar.
Hace tres años que busca. Tres años desde que Luis salió por esa puerta con una mochila llena de folletos y una frase que le late en la cabeza cada vez que cierra los ojos:
—Voy a cambiar las cosas, hermana.
No volvió.
Las paredes del departamento son su archivo. Ahí, sujetas con chinchetas que ya se oxidaron, hay fotografías borrosas de marchas, recortes de periódicos donde el nombre de Luis aparece en letra pequeña, y hashtags impresos en hojas sueltas: #JusticiaParaLuis, #DóndeEstán, #YaMeCansé. Pegados unos sobre otros, forman un collage que ella llama “mi mapa de rabia”. Sus visitantes no lo entienden, por ello, Marta no los invita.
Sobre el escritorio, junto a una taza con café de tres días y un teclado al que le faltan dos teclas, hay un archivador rojo. En el lomo, escrito con marcador permanente y mala letra: #Desaparecidos.
La última gaveta está cerrada con llave. Ahí, debajo de carpetas de clientes que ya no existen, guarda el expediente de Luis. Un folder gastado de tanto abrirlo que contiene, copias de denuncias que nadie leyó, capturas de pantalla de videos que desaparecieron de internet, y un USB con forma de rompecabezas que guarda los únicos tres segundos de grabación donde se ve a Luis siendo arrastrado hacia una furgoneta sin placas.
Las autoridades lo llamaron “migración voluntaria”.
Marta llama a eso “que te escupan en la cara y te digan que está lloviendo”.
Porque Luis no migró. Luis se esfumó. Una cámara lo captó caminando por Reforma. La siguiente cámara, a cincuenta metros, no registró nada. Como si un algoritmo hubiera decidido que Luis dejó de existir entre una esquina y otra.
A veces, en las noches de insomnio, Marta se sienta frente a su computadora y reproduce el video del USB. Tres segundos. Una furgoneta blanca. Una mano que agarra a Luis del brazo. Una sombra detrás de todo.
Tres segundos que ya se sabe de memoria.
Pero esta noche, cuando abrió el archivo, algo había cambiado.
La sombra detrás de Luis tenía una cicatriz en la nuca.
Una espiral.
Y Marta, sin saber por qué, pensó en Carlos.

—
La notificación llegó a las 7:43 de la noche. Marta estaba frente a su laptop, con el expediente de Luis abierto en una ventana y una hoja de cálculo de clientes en la otra. Los números no daban. Nunca daban.
Su celular vibró contra la mesa. Ella lo ignoró, y siguió moviendo columnas, restando deudas, sumando lo que no tenía. Otra vibración. Más larga. Insistente.
Cuando por fin lo agarró, la pantalla mostraba algo que no había visto antes. Un anuncio, pero no como los otros, este no tenía las típicas fotos de stock con gente feliz. Era diferente.
El logo, una carita sonriente con mejillas redondas, como las de esos stickers kawaii que Luis coleccionaba en la secundaria. Los ojos eran dos corazones rojos que parpadearon justo cuando ella los miró, al mismo tiempo que su pulso.
—¿Cansada de esperar? Red Bliss te da el control.
Marta resopló. Otra app basura. Otro algoritmo disfrazado de solución. Iba a deslizar el dedo para cerrarlo cuando algo la detuvo.
El sombrero rojo de la carita era idéntico al lazo que ella tenía colgado en la ventana desde que Luis desapareció.
Era una coincidencia. Tenía que serlo.
Pero el dedo no se movió.
Ella miró su propia ventana, donde el lazo desteñido colgaba inmóvil. Luego miró la pantalla. El lazo de la app tenía el mismo tono de rojo. El mismo nudo. La misma forma de caer, como si alguien lo hubiera calcado.
—Es una app —murmuró para sí misma—. Solo una puta app.
Pero cuando giró el teléfono, apenas un poco, la carita proyectó una sombra alargada contra el fondo blanco. Y en esa sombra, solo por un fotograma, el sombrero se retorció en algo que parecían cuernos.
Marta parpadeó. La sombra ya era solo sombra.
—Truco de luz —dijo, pero su voz sonó más baja de lo que quería.
Le dio clic a «Descargar».
El registro fue como un juego, colores turquesa, botones suaves que invitaban a tocarlos, una voz femenina que sonaba a amiga comprensiva:
—Cuéntanos, ¿qué harías con un día libre?
Marta eligió “Ayudar a alguien” por inercia, porque era lo que siempre respondía en los test y grupos de Facebook, porque sonaba bien y porque era mentira.
La app festejó su respuesta con confeti digital que explotó en la pantalla como si hubiera acertado la respuesta correcta de un concurso.
—¡Eres única! Por eso te damos $1,000 MXN de bienvenida. ¡Felicidades!
Marta soltó una carcajada seca, sin humor.
—¡¿Mil pesos. Así nomás. Sin preguntas. Sin letras chiquitas?!
Apareció un árbol en la pantalla. Un árbol digital que comenzó a crecer en tiempo real, sus ramas cargadas de frutos que decían “BlissCoins”. Un jardín virtual. Como esos juegos de Luis, esos donde plantabas semillas y tenías que volver cada hora para regarlas o se morían.
El teléfono vibró. Un mensaje de texto. Ella lo abrió.
BBVA: Depósito recibido +$1,000.00 MXN.Saldo disponible: $3,450.68 MXN.
Marta se quedó mirando los números. Mil pesos. Reales. En su cuenta.
—No mames —susurró.
Y entonces sintió algo en los dedos, ese cosquilleo. El mismo que sentía cuando estaba a punto de encontrar algo que buscaba en la Deep Web, cuando el código empezaba a ceder, cuando Luis estaba a punto de…
Se detuvo.
Bajó la mirada a la pantalla. La app mostraba ahora un ranking de usuarios cercanos.
AnaG está a 200 puntos de alcanzarte. ¡Sigue así!
—¿Seguir así cómo? —dijo en voz alta, pero su pulgar ya estaba deslizando hacia: «Explorar Deseos».
La sección era un espejo. Ofertas de cosas que ella había buscado: talleres de arte gratis, descuentos en material de diseño, comida para gatos. Todo lo que Google sabía de ella, todo lo que había tecleado en noches de insomnio, estaba ahí, envuelto en botones rojos que decían «Reclamar».
Pasó el dedo sobre una oferta de Starbucks. Un latte gratis. El avatar de la app —un Bitmoji con sus propias facciones, pero más alegre, más luminosa— inclinó la cabeza y susurró:
—¿Quieres sentirte especial hoy?
Marta estuvo a punto de aceptar. De verdad, porque quería sentirse especial. Porque hacía mucho que no se sentía nada.
Pero entonces vio la letra.
Abajo de la imagen del café, microscópica, casi invisible:
—Al reclamar, aceptas compartir tu ubicación en tiempo real por 48 horas.
Su pulso se aceleró. Pero no de miedo. De emoción.
Esto no era una estafa. Esto era una telaraña. Y las telarañas, cuando sabes verlas, te llevan a la araña.
Guardó el teléfono. Se ajustó la bufanda de Luis. Y en el silencio del departamento, una risa infantil resonó desde ninguna parte.
¿De la app? ¿De su cabeza? ¿De la calle?
Marta miró la pantalla apagada del celular. Por un instante, el logo de Red Bliss titiló, revelando un rostro infantil desdibujado, como una foto polaroid sumergida en agua.
Ella apretó el USB‑rompecabezas que llevaba colgado al cuello, justo donde la piel guardaba el calor de la tarde.
Luis seguía sin aparecer.
Pero ella acababa de encontrar una pista.
—
La videollamada entró a las 2:17 de la madrugada.
Marta no dormía. Nunca dormía. Estaba frente a su laptop, con el código fuente de Red Bliss abierto en una ventana y una libreta llena de garabatos que solo ella entendía. El ventilador del ordenador llevaba una hora haciendo un ruido raro, como si algo dentro quisiera salir. Ella lo ignoraba. Como ignoraba todo lo demás.
El logo de Carlos apareció en la pantalla: un lobo estilizado hecho de código binario, aullando a una luna que era un cero y un uno girando. Siempre le había parecido un logo ridículo. Muy de él. Muy de "miren qué profundo soy". Pero esta noche, cuando apareció, algo en el pecho se le movió. Una mariposa con retraso. Un recuerdo de cuando ese lobo no era solo un logo, sino la excusa para quedarse despierta hasta las 6 de la mañana viéndolo programar.
Aceptó.
La cara de Carlos llenó la pantalla. Estaba en su espacio de trabajo: tres monitores, un teclado mecánico con las teclas gastadas de tanto uso, y ese desorden de cables que parecía un nido de serpientes tecnológicas. La luz azul de las pantallas le marcaba las ojeras como siempre, pero los ojos... los ojos le brillaban con esa intensidad que Marta recordaba bien. La de cuando estaba a punto de romper algo. O de arreglar algo. O de decir algo que no debía.
Llevaba el pelo más largo que la última vez. O tal vez era la falta de sueño. O tal vez era que ella llevaba meses sin verlo y ahora lo veía y no sabía dónde poner la mirada.
—¿Programando el apocalipsis otra vez? —dijo ella. Quería sonar ligera, pero le salió ronca. Demasiadas horas sin hablar. Demasiado tiempo sin usarla voz con alguien que no fuera ella misma.
—Depurando errores —respondió él. En el fondo se oía el click-clack de su teclado, ese sonido que ella asociaba con las noches enteras, los silencios largos, los pocos amaneceres que habían compartido antes de que todo se torciera—. Tus errores, para ser exactos.
—¿Mis errores o mis aciertos?
—Todavía no lo sé. Dame veinte minutos y te digo.
Marta sonrió. Una sonrisa pequeña, de esas que ya no le salían con nadie más. En la pantalla, Carlos tecleaba sin mirarla, pero ella sabía que la estaba viendo. Siempre la veía. Incluso cuando no quería. Incluso cuando finjía que no.
—¿Y? —preguntó—. ¿Qué encontraste?
Él se inclinó hacia la cámara. Los lentes antirreflejo le cubrían los ojos, pero ella podía imaginarlos. Verdes. Con esa mezcla de cansancio y obsesión que lo hacían tan peligroso. Tan atractivo. Tan idiota.
—La app intentó acceder a tu micrófono doce veces en tres minutos —dijo—. Doce, Marta. Ni siquiera las apps de gobierno son tan hambrientas.
—No me sorprende.
—Y hay más. El depósito que te dieron no salió de un banco.
Ella enderezó la espalda. El movimiento hizo que la silla chirriara. Carlos lo notó. Ella notó que lo notaba.
—¿De dónde, entonces?
Carlos giró uno de sus monitores hacia la cámara. En la pantalla, un mapa de la Ciudad de México apareció lleno de puntos rojos. Tantos que parecía una erupción. Una enfermedad. Un contagio.
—De una dirección fantasma en Taxqueña. Un edificio que no existe en los registros, pero que aparece en los servidores de Elysium Tech.
El nombre golpeó a Marta como un puñetazo. Elysium Tech. La empresa que fabricó los drones de la protesta. La empresa donde Luis fue visto por última vez. La empresa que, según Carlos, le había hecho algo a su padre.
—¿Estás seguro?
—Nunca estoy seguro. Pero mi código nunca se equivoca.
Marta se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. La calle estaba vacía. Un perro callejero olfateaba las bolsas de basura. Una farola parpadeaba, como si también ella tuviera un error en el sistema. Todo normal. Todo en orden. Todo podrido por dentro.
—¿Y qué hago con eso? —preguntó, sin volverse hacia la cámara. No quería que él viera su cara. No quería que viera el miedo. O la esperanza. O lo que fuera que le estaba pasando por dentro.
—Nada. Yo voy a investigar.
Ella se giró. Demasiado rápido. Como si esas palabras la hubieran cacheteado.
—Tú no. Nosotros.
Carlos negó con la cabeza. El gesto rápido, automático, el que usaba siempre que quería protegerla de algo. De él mismo. Del mundo. De ella.
—Marta, esto es más grande que tu hermano. Esto es una red. Y si entras—
—Mi hermano no es un caso, Carlos. Es mi hermano.
Silencio.
Ella lo miró fijo. Él la miró fijo. En la pantalla, los puntos rojos del mapa seguían latiendo. El ventilador de la laptop de ella seguía haciendo ese ruido raro. El perro de la calle encontró algo entre la basura y se alejó trotando, como si nada de esto importara.
En el monitor de él, alguien más parpadeó por un instante. Una imagen diminuta, casi imperceptible. Una cara congelada. Marta entrecerró los ojos.
—¿Qué fue eso?
—Nada.
—No me mientas.
Él sostuvo su mirada un segundo más. Luego suspiró. Movió una ventana y la imagen se hizo visible: el rostro de un hombre, congelado en un video, los ojos abiertos pero vacíos, como si miraran desde el fondo de un pozo. Como si ya no hubiera nadie detrás.
Marta reconoció esos ojos. Los había visto antes, en fotos viejas, en las historias que Carlos contaba a escondidas, en esa única vez que él se emborrachó y dijo "mi papá era buena persona, Marta, pero la gente buena también hace cosas malas cuando tiene miedo".
—Es tu papá —susurró.
—Era —corrigió Carlos. Su voz se quebró apenas, un microsegundo, casi imperceptible. Pero ella lo oyó. Ella siempre oía esas cosas—. Era mi papá.
—¿Qué es ese video?
—Un mensaje. O un error. O una advertencia. No lo sé. Apareció hace una semana en uno de mis servidores. No sé cómo llegó ahí.
Marta se acercó a la pantalla, como si eso le permitiera ver mejor. Como si pudiera tocar a ese hombre, preguntarle qué sabía, qué le habían hecho, por qué sus ojos estaban tan vacíos.
—¿Qué dice?
—No lo he abierto.
—¿Por qué?
Carlos la miró. Por primera vez en la llamada, sus ojos se encontraron con los de ella sin filtros, sin pantallas de por medio. Sin la ironía. Sin el "yo puedo con todo". Solo él. Solo el niño que perdió a su padre y no supo qué hacer con el dolor.
—Porque tengo miedo de lo que pueda encontrar.
El silencio se estiró. Cable pelado. Electricidad estática entre los dos. Marta pensó en su propio miedo, en los videos de Luis, en las noches enteras viendo los mismos tres segundos una y otra vez, buscando algo que no sabía que buscaba.
—Yo también tengo miedo —dijo al fin—. Pero ya no puedo seguir sin saber.
Él asintió. Un asentimiento lento, como si estuviera decidiendo algo. Como si estuviera a punto de decir algo. Algo importante. Algo que no podía retractarse.
Pero no lo dijo. En cambio, carraspeó y volvió a ser el ingeniero.
—Te voy a pasar una VPN. Se llama Walled Garden. Úsalo cada vez que entres a Red Bliss.
—Walled Garden —repitió ella, saboreando las palabras—. Jardín amurallado. Qué cursi. Parece nombre de novela romántica de las que leía mi mamá.
—Un lugar seguro —dijo él, y por un instante su voz perdió esa dureza, esa coraza que se ponía para no sentir. La luz azul le marcaba las ojeras, pero los ojos le brillaban de otra cosa. De algo que ella no se atrevía a nombrar—. Donde los algoritmos no pueden entrar.
—¿Y los idiotas?
Él sonrió. Una sonrisa triste, de las que solo ella sabía identificar porque las había visto en las madrugadas de codeo, en los silencios después de hablar de su padre, en esa única vez que se quedaron dormidos en el mismo sillón y él, al despertar, la miró como si ella fuera un error en su sistema. El error más bonito. El que no quería corregir.
—Los idiotas entran por invitación.
Marta rio. Un sonido corto, casi un suspiro, pero era una risa. Hacía días que no reía. Hacía meses que no reía así. Sin pensarlo. Sin calcular el costo. Sin preguntarse si se lo merecía.
—¿Y yo tengo invitación?
—Tienes la única que importa.
El silencio volvió. Pero no era un silencio incómodo. Era de esos silencios que pesan porque hay demasiado que decir y ninguno se atreve.
En la pantalla de ella, el código de Red Bliss seguía corriendo, ajeno, hambriento. Miles de líneas de números y letras que querían algo de ella. Pero ninguna de las dos lo miraba. Ella miraba a Carlos. Él la miraba a ella. Y por un segundo, solo un segundo, todo lo demás dejó de existir.
—Cuídate, criptoloca.
—Tú también, firewall humano.
La llamada terminó.
Marta se quedó mirando la pantalla donde había estado el rostro de Carlos. El ícono del lobo volvió a aparecer, aullando a su luna binaria. En el borde del monitor, una mosca caminaba sobre el polvo. Ella no la espantó.
Todavía le duraba la sonrisa. Esa sonrisa tonta que solo él le sacaba.
Luego bajó la mirada al USB-rompecabezas sobre la mesa. Al video de Luis. A la sombra con la espiral.
Sacó el celular del bolsillo. Red Bliss seguía ahí, sonriendo con sus ojos de corazón.
No era una app.
Era un contrato.
Y ella ya había firmado.
Pero ahora, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía tan sola.
—
La noche se enredó entre los cables del departamento. Marta había apagado todas las luces menos la de la computadora, pero Red Bliss seguía brillando en su teléfono, como una luciérnaga que no termina de morir.
Las notificaciones habían cambiado.
Ya no ofrecían descuentos en cafés ni entradas al cine. Ahora las ofertas eran otras:
OPCIÓN 1. 90 % de descuento en herramientas de hackeo. Antenas especiales, USB booteables, inhibidores de frecuencia, versión limitada de software de rastreo.
OPCIÓN 2. Acceso VIP a archivos clasificados de Elysium Tech.
OPCIÓN 3. ¿Extrañas a Luis? Encuentra más respuestas con un clic.
Marta sintió que el estómago se le helaba.
La tercera opción no tenía descuento. No tenía oferta. Solo esa pregunta, directa, como si la app le estuviera hablando a ella, solo a ella.
—¿Extrañas a Luis?
Marta mordió el labio hasta sentir el sabor de la sangre.
El cursor flotó sobre la opción de Elysium Tech. Esa era la vía lógica, la inteligente. Acceder a los archivos de la empresa, buscar el rastro de Luis, encontrar respuestas.
Pero sus dedos temblaban sobre la tercera opción.
Un clic.
Solo un clic.
El avatar de Red Bliss —ese niño sonriente con ojos de corazón— giró la cabeza. Lentamente. Como si supiera que ella estaba mirando. Giró hasta mostrar la nuca.
Una cicatriz en espiral.
La misma del video.
Marta apretó el puño. Iba a cerrar la app, iba a llamar a Carlos, iba a hacer lo inteligente.
Pero entonces el teléfono vibró.
Un mensaje de texto. Número desconocido.
—Tu comida está en la puerta.
Ella no había pedido nada.
Se levantó del escritorio con el celular en la mano, los pies descalzos sobre el frío de la loseta. Miró por la mirilla. Nadie. Abrió la puerta apenas una rendija.
En el suelo, una bolsa térmica sellada con un sticker de la carita sonriente.
Marta la metió adentro como si fuera una bomba de tiempo. La puso sobre la mesa de la cocina y la olió. Mole. Arroz. Totopos. Comida de verdad, no de repartidor, no de cadena. Comida que olía a casa, a domingo, a la cocina de su madre.
Abrió la bolsa con manos temblorosas.
Los contenedores biodegradables estaban calientes. El aroma a mole inundó el departamento. Pero abajo, debajo de los totopos, algo brillaba.
Un USB dorado. Con forma de llave antigua.
Marta lo sostuvo entre los dedos. Pesaba más de lo normal. Estaba caliente, como si acabaran de sacarlo de algún lado. Tenía una textura que no era plástico, no era metal. Algo intermedio. Algo vivo.
Lo conectó a la laptop.
La pantalla parpadeó. Apareció una ventana con un solo mensaje:
—¿Lista para jugar, Marta?
Ella tragó saliva. A su espalda, el refrigerador emitió un zumbido más largo de lo normal, como un suspiro.
Apretó «
Aceptar».
El video comenzó.
Luis. Parado frente al edificio de Elysium Tech. La fachada gris, las ventanas polarizadas, el logotipo con esa tipografía corporativa que promete futuro y esconde mierda. Luis estaba hablando con alguien, un hombre de traje oscuro, de espaldas a la cámara.
El hombre se giró.
Marta no vio su cara. Lo que vio fue su nuca.
Una espiral.
La misma del video. La misma del niño de la app. La misma que Carlos tenía en la muñeca.
Marta dejó de respirar.
El video se cortó. La pantalla se llenó de estática. Y de la estática, una voz:
—Primer intercambio completado.
No era la voz amable de la app. Era otra. Más grave. Más vieja. Como si mil personas hablaran al mismo tiempo desde el fondo de un pozo.
—Tu deuda crece, Marta. ¿Quieres ver más?
Ella iba a cerrar la laptop. Pero entonces lo escuchó.
Un silbido.
Bajo. Casi imperceptible. Una tonadita que conocía desde la infancia. La canción de Cri‑Cri que Luis silbaba cuando estaba nervioso, esa que odiaba pero nunca pudo dejar, la misma que llenaba la casa cuando él todavía vivía ahí, cuando todavía había algo que silbar.
Marta se quedó inmóvil. Los dedos sobre el teclado, el corazón en algún lugar de la garganta.
—¿Luis?
La estática parpadeó. La pantalla ya no mostraba estática. Mostraba una imagen borrosa, como una transmisión interferida, pero reconocible.
Luis.
No el del video. Otro Luis. Un Luis con los ojos negros, igual que el niño, pero todavía con algo de él en la cara. Abrió la boca y habló con la voz que Marta llevaba tres años sin escuchar:
—No busques mi cuerpo, hermana.
Marta quiso gritar, pero no le salió nada.
—Busca lo que me robaron.
—¿Qué te robaron? —susurró, y su voz era tan pequeña que parecía de otra persona.
Luis sonrió. Una sonrisa triste, la misma de cuando le decía —no te preocupes, hermana. Antes de meterse en algún problema.
—Mi risa. Mis domingos. Mi miedo. Todo lo que valía.
La imagen se desvaneció. La pantalla volvió a ser estática, y luego negra.
Marta se quedó mirando la nada, temblando. En el borde de la laptop, donde el calor de los ventiladores debería ser normal, algo goteaba.
Bajó la mirada.
Un líquido espeso, se deslizaba por el plástico. Olía a la loción de Luis. Ese olor a vainilla y tabaco que ella asociaba con los abrazos de las buenas noticias, con las llegadas tarde, con las despedidas que no sabían que eran definitivas.
Tocó el líquido con la punta del dedo. Estaba caliente. Casi vivo.
Detrás de ella, en el reflejo de la ventana, alguien la miraba.
Un niño.
¿El del logo?
Pero sus ojos ya no eran corazones. Eran dos cámaras de vigilancia, los lentes negros apuntando directo a su nuca.
Marta se giró.
No había nadie.
Solo su reflejo. Solo ella. El dedo aún manchado, brillando bajo la luz de la pantalla apagada. En la ventana, donde había estado el niño, ahora había un mensaje escrito con el dedo sobre el vidrio empañado:
JUEGA
Marta olió su dedo. Vainilla y tabaco.
Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que Luis no estaba muerto.
Estaba atrapado.
Y ella acababa de aceptar las reglas del juego.
—
Carlos llegó a su departamento a las 6 de la mañana, sin avisar, con los ojos rojos de no haber dormido y una dirección escrita en un papel arrugado. La camisa la llevaba por fuera, mal puesta. Marta abrió la puerta y lo vio ahí, apoyado contra el marco, con la camisa arrugada y ese olor a café de máquina de veinticuatro horas que él siempre llevaba cuando llevaba demasiado tiempo despierto. La luz del amanecer, lo poco que entraba por el callejón, le marcaba las ojeras como si alguien le hubiera pintado dos pozos debajo de los ojos.
—Tepito —dijo, mostrándole el papel—. Hay una mujer que sabe.
Marta no preguntó cómo la había encontrado. Con Carlos, esas preguntas eran inútiles. Él aparecía con cosas, con nombres, con direcciones que nadie más tenía, y cuando ella preguntaba —¿cómo supiste? —, él se encogía de hombros y decía —el código habla—. Como si eso explicara algo.
—¿Desayunaste? —preguntó ella, por decir algo, por llenar el silencio que se había instalado entre los dos desde lo del USB.
—No tengo hambre.
—Mientes.
Él la miró. Una ojeada rápida, de esas que duraban menos de un segundo pero que a ella le alcanzaban para ver todo lo que él no decía. Luego desvió la mirada hacia la ventana, hacia el cielo gris de la mañana, hacia ningún lado.
—Vamos —dijo, y salió primero.
En la calle, el aire seguía oliendo a smog y a tortilla quemada, ese olor que Marta llevaba en la piel desde niña y que ya no sabía si odiaba o le era tan propio como respirar. Carlos levantó la mano y un taxi se detuvo casi de inmediato, como si los taxistas lo olieran, como si supieran que él era de los que pagan sin preguntar.
Se montaron. El conductor era un hombre mayor, con bigote canoso y un rosario colgado del retrovisor junto a una estampita de la Santa Muerte. Tenía la radio puesta en una estación que Marta no reconoció, pero la música la alcanzó antes de cerrar la puerta.
"El Diablito te vigila, carnal, con sus ojitos de cristal..."
—¿Qué es eso? —preguntó Marta, mientras el taxi arrancaba.
El conductor se encogió de hombros sin dejar de mirar la calle.
—No sé, jefa. Lleva todo el día sonando en todas las estaciones.
Marta sintió un escalofrío que le recorrió la nuca. Miró a Carlos. Él ya la estaba mirando a ella. No dijeron nada. No hacía falta.
El corrido seguía, la voz del cantante grave y arrastrada, como si viniera de muy lejos, de muy adentro:
"Te sigue en el Metro, te mira en el postal, y si firmas su contrato, nunca vuelves a tu hogar..."
—Apague eso —dijo Carlos, y su voz sonó más seca de lo que seguramente quería.
El conductor apagó la radio. El silencio fue peor. En el silencio, la letra seguía sonando en la cabeza de Marta, repitiéndose como un eco.
—¿De dónde mierda sacaste esa dirección? —preguntó ella, más para romper el silencio que por verdadera curiosidad.
—De un foro. Un tipo que desapareció hace dos semanas y volvió.
—¿Volvió?
—No sé si se pueda llamar volver. Apareció en su casa tres días después, pero no hablaba. Solo señalaba el norte y sonreía. La familia lo encerró en el cuarto. Dicen que todavía está ahí, sonriendo, señalando.
Marta tragó saliva.
—¿Y cómo sabes que la mujer existe?
—Porque el tipo, antes de desaparecer, escribió en el foro:
—La Güera de Tepito sabe. Fue lo último que puso.
El taxi avanzaba entre el tráfico de la mañana. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar: puestos de tamales, gente en las paradas del camión, perros callejeros olfateando las bolsas de basura. Todo normal. Todo igual.
—Carlos —dijo Marta, sin mirarlo—. ¿Tú crees que Luis sigue vivo?
Él tardó en responder. Tanto que ella pensó que no iba a hacerlo.
—No sé —dijo al fin—. Pero si hay algo de él en algún lado, lo vamos a encontrar.
—¿Y si no hay nada?
Carlos la miró. Esta vez no desvió la mirada. La sostuvo, fija, como si pudiera transmitirle algo solo con los ojos.
—Entonces vamos a encontrar al que se lo llevó.
Marta sintió algo en el pecho. No sabía si era miedo, o gratitud, o esa cosa rara que le pasaba siempre con él, esa mezcla de querer abrazarlo y querer pegarle por hacerse el fuerte cuando los dos sabían que no lo era.
—Pendejo —dijo, en voz baja.
Él sonrió. Una sonrisa pequeña, de esas que apenas movían la boca.
—También tú, criptoloca.
El taxi se detuvo. El conductor apuntó con la cabeza hacia la calle.
—Aquí es, jefa. Más adentro no entro, ni aunque me paguen.
Carlos pagó y bajaron. El sol empezaba a calentar, pero Marta sintió frío. Delante de ellos, Tepito abría la boca.
—
Tepito no dormía, tampoco amanecía. Era un animal que siempre estaba despierto, siempre hambriento, siempre moviendo la cola entre los puestos de electrónica pirata y los altavoces que vomitaban cumbias a las 7 de la mañana.
Caminaron en silencio. Tepito no era un lugar, era una bestia. Tenía olor a sudor y a plástico derretido, a tripa quemada y a mango podrido. Sonido de cumbias peleándose con reggaetón en cada puesto. Movimiento constante de gente que cargaba bolsas negras, cajas de cartón, niños enganchados a las faldas de sus madres.
Carlos la guió por callejones que ella no conocía, pasillos de lonas azules donde la luz se volvía verdosa, túneles de mercancía que iba del suelo al techo. Tenis de marca que nunca pisaron una fábrica. Perfumes con olor a alcohol. Playeras del Che Guevara con la cara pixelada.
Marta caminaba pegada a él, rozándole el brazo a veces, separándose cuando alguien los atravesaba. En una de esas, cuando un vendedor de discos les bloqueó el paso con una caja llena de piratería, ella sintió la mano de Carlos en la suya.
No era un agarre. Era un roce. Como si quisiera asegurarse de que seguía ahí.
Ella no la retiró. Él tampoco.
—¿Siempre es así? —preguntó ella para decir algo.
—Siempre es peor.
—Gracias por el optimismo.
—Aprendí de los mejores.
Ella sonrió. Una sonrisa pequeña, nerviosa. Él la vio y por un instante, entre el ruido y el caos, hubo un silencio que solo ellos dos escucharon.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Es que...
—¿Qué?
—No sé. Hacía tiempo que no te veía sonreír.
Marta bajó la mirada. La mano de él seguía rozando la suya.
—Vamos —dijo ella—. Antes de que me dé por pensar que esto es una cita.
Carlos soltó una risa corta, incómoda.
—¿Una cita en Tepito? Qué bajo he caído.
—Qué bajo hemos caído —corrigió ella.
Y siguieron caminando, más cerca que antes.
Llegaron a un puesto escondido tras cortinas de cuentas plásticas que sonaban como huesos al moverlas. Detrás, una mujer mayor, con un vestido lleno de bolsillos y los dedos manchados de grasa de cable, los miró sin sorpresa.
—Ya me tardaba en que llegaran —dijo, mordisqueando un cable USB como si fuera un cigarrillo.
En su mostrador, los objetos parecían mirarlos:
Muñecas con ojos de botones que parpadeaban al ritmo de la electricidad estática.
Carritos sin control remoto que vibraban solos, como perros soñando.
Un globo terráqueo con el logo de Red Bliss tatuado donde debería estar México.
—Buscamos a alguien —dijo Carlos.
—Buscaban —corrigió La Güera—. Ahora ya saben que no es una persona lo que buscan.
Marta mostró la foto de Luis en su teléfono.
La mujer la miró un instante. Largo. Demasiado largo, después escupió al suelo. El gargajo brilló un instante bajo la luz del puesto, como si llevara dentro algo metálico.
—Ese chico compró un USB de los deseos. De eso hace ya tres años, o por ahí. Llegó aquí con los ojos igualitos a los tuyos, con esa misma hambre de justicia que nunca termina bien. Dijo que quería “cambiar el sistema”.
—¿Y usted qué le dijo? —preguntó Marta.
La Güera la miró fijo. Los ojos se le perdieron un segundo en algún lugar que no era este.
—Le dije que el sistema no se cambia. Se alimenta.
—¿Dónde está ahora?
La Güera señaló el globo terráqueo.
—Ahí. Es parte del sistema.
Marta sintió que las piernas le flaqueaban. Carlos la sostuvo del brazo.
—¿Quién lo compró? —preguntó él—. ¿Quién le vendió el USB?
—El mismo que te vendió tu implante, chavo.
Carlos se quedó quieto. Marta lo miró. Él no la miró a ella.
—Yo no… —comenzó.
—Tú no sabes —lo interrumpió La Güera—. Nadie sabe. Hasta que saben.
Del puesto de al lado llegó el sonido de una risa. Una risa infantil, pero deforme, como si la estuvieran transmitiendo por un altavoz roto.
Marta se giró.
Los juguetes del mostrador estaban mirándola.
TODOS.
Las muñecas habían girado la cabeza. Los carritos se habían detenido, alineados, apuntando hacia ella como un ejército diminuto. El globo terráqueo giraba al revés, cada vez más rápido, hasta que el logo de Red Bliss quedó frente a sus ojos.
—Corran —dijo La Güera, y por primera vez su voz sonó a miedo—. CORRAN.
Salieron.
Los pasillos de Tepito se cerraron detrás de ellos como mandíbulas. Puestos que habían estado abiertos se cerraban de golpe cuando Marta pasaba, lonas que caían como guillotinas, vendedores que gritaban cosas que no eran palabras.
Detrás, un sonido de motores pequeños, de risas grabadas, de juguetes que cobraban vida.
Marta miró atrás mientras corría.
Lo vio.
Un niño. De unos diez años. Pelo revuelto, jeans rotos, camiseta del Che Guevara pixelada. Pero los ojos eran dos pantallas negras, y en cada pantalla, el logo de Red Bliss latía como un corazón.
—¡Es el niño de los foros! —gritó Marta—. ¡El que aparece en los comentarios!
El niño alzó una mano.
A su alrededor, cientos de celulares comenzaron a sonar al mismo tiempo. El mismo tono. El de Red Bliss.
Las pantallas mostraban el mismo mensaje:
DEJEN DE CORRER.
JUEGUEN CONMIGO.
Carlos metió la mano al bolsillo y sacó un control remoto improvisado, cables sueltos, una antena diminuta. Lo activó.
El pulso electromagnético apagó todos los celulares en cien metros a la redonda.
Silencio.
Los juguetes cayeron al suelo, inertes. Las lonas dejaron de moverse. El niño parpadeó, sus ojos‑pantalla se apagaron por un segundo.
—Cinco minutos —dijo Carlos, jadeando—. Tenemos cinco minutos antes de que…
Un golpe seco.
El niño estaba frente a ellos.
No había corrido. Simplemente estaba ahí.
Abrió la boca. De ella no salió una voz, sino un coro de voces desfasadas, como si mil personas estuvieran hablando en distintos cuartos y alguien hubiera grabado todo junto y lo estuviera reproduciendo al revés.
Entre ellas, Marta distinguió una.
La de Luis.
—Hermana…
—¿Quieres encontrar a Luis? —preguntó el niño, con su voz de coro de muertos.
Marta no podía hablar. No podía moverse.
El niño extendió la mano. En la palma, un sobre rojo. Dentro, translúcido, un chip dorado con forma de gota de sangre.
—Acepta el contrato —dijo el niño—. Y lo verás.
Carlos se interpuso entre ellos.
—No lo hagas, Marta. Ese chip no es un USB. Es una llave. Si lo aceptas, ellos entran.
—¿Quiénes son ellos? —susurró ella.
El niño sonrió. Una sonrisa demasiado ancha, demasiado adulta.
—Los que ya firmaron.
Detrás de ellos, los celulares comenzaron a reiniciarse. Uno. Dos. Diez. Cien.
Los cinco minutos se acababan.
Marta miró el chip. Miró a Carlos. Miró al niño, con sus ojos de pantalla y su sonrisa de viejo.
Luego miró el sobre rojo.
Y lo tomó.
—
Volvieron al departamento de Marta en silencio. En el taxi, ninguno habló. El conductor ya no puso música.l
El chip estaba sobre la mesa, dentro del sobre rojo, como una joya venenosa.
Carlos lo había escaneado con tres dispositivos diferentes. Los tres daban el mismo resultado: no era solo silicio. Había algo más. Tejido orgánico. Células. Algo que crecía.
—Es un implante —dijo al fin—. Como el mío.
Marta lo miró. Él evitó sus ojos.
—¿Qué me estás escondiendo, Carlos?
—Nada que tú no sepas ya.
—No me mientas.
Él suspiró. Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. La espalda ancha, los hombros tensos. El gesto de siempre cuando no quería decir algo.
—Mi padre trabajaba para Elysium Tech —dijo al fin—. No me lo contó hasta el final. Cuando ya era demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
Carlos se giró. Por primera vez, ella vio algo en sus ojos que no había visto antes. Miedo. Miedo de verdad.
—Para morirse. Para que lo subieran.
—¿Subirlo adónde?
—A la red. A la nube. Al lugar de donde viene Red Bliss.
Marta negó con la cabeza.
—Eso no es posible. Las conciencias no se suben a ningún lado. Eso es ciencia ficción.
—¿Y los niños de los foros? ¿Y los que ven cosas después de usar la app? ¿Y el hijo de puta ese con ojos de pantalla? ¿Eso también es ciencia ficción?
Silencio.
Carlos se acercó a la mesa. Tomó el sobre rojo. Lo sostuvo frente a la luz.
—Mi padre me dijo una cosa antes de… antes de lo que sea que le pasó. Me dijo:
—Hay cosas que la tecnología no crea, Carlos. Solo las despierta.
—¿Y tú le creíste?
—No. Hasta que empecé a investigar.
Dejó el sobre sobre la mesa. Abrió su laptop y giró la pantalla hacia Marta.
—Esto es lo que he encontrado en los últimos tres meses.
En la pantalla, un mapa de la Ciudad de México lleno de puntos rojos. Miles. Tantos que parecía una erupción.
—Cada punto es una persona que desapareció después de usar Red Bliss —dijo Carlos—. Las autoridades no los buscan. Las empresas no los reclaman. Las familias… las familias enloquecen.
Marta reconoció algunos nombres. Los había visto en los foros, en los comentarios, en los hilos de Reddit que nadie quería leer.
—¿Y qué hace la app con ellos?
—Los convierte en nodos. En antenas. En repetidores. Sus cuerpos siguen vivos, pero sus mentes… sus mentes alimentan algo.
—¿Algo?
—No lo sé todavía. Pero está en Tepito. En el edificio que vio Luis. En el mismo lugar de donde salió tu depósito de mil pesos.
Marta miró el mapa. En el centro de todos los puntos, una zona más oscura, más densa. Una mancha que latía.
—Tepito —susurró.
—Tepito —repitió Carlos—. Ahí está un nido.
Ella recordó al niño de los ojos negros. Los juguetes que cobraban vida. La voz de Luis saliendo de su boca.
—¿Y qué hacemos?
Carlos la miró. Luego miró el chip sobre la mesa. Luego la miró a ella otra vez.
—Tú no vas a hacer nada. Yo voy a entrar.
—Ni lo sueñes.
—Marta…
—Se llama Luis, Carlos. Mi hermano. Si alguien va a entrar, entramos los dos.
Él quiso discutir. Ella lo sabía. Lo vio en la forma en que apretó la mandíbula, en la manera en que sus dedos tamborilearon sobre el borde de la mesa.
Pero no dijo nada.
En cambio, asintió.
—Los dos —repitió—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—No te separas de mí. Pase lo que pase. No importa lo que veas, no importa lo que oigas, no importa si ves a Luis llamándote desde una puta pantalla. No te separas de mí.
Marta sostuvo su mirada.
—No me separo.
Mentía. Los dos lo sabían. Pero era una mentira necesaria.
Carlos tomó el sobre rojo y lo guardó en su mochila, junto con los dispositivos que había llevado.
—Vamos a necesitar más que un pulso electromagnético —dijo—. Vamos a necesitar entrar al nido.
—¿Y cómo se entra?
Él sonrió. Esa sonrisa de ingeniero loco que a ella le había gustado desde el primer día.
—Con una llave.
Señaló el chip.
Marta sintió un escalofrío. Pero no dijo nada.
—
Eran las tres de la mañana cuando Marta volvió a conectar el USB‑rompecabezas.
Carlos dormitaba en el sofá, con la cabeza inclinada sobre el pecho y una mano aún apoyada en su mochila, como si pudieran robársela en sueños.
Ella no podía dormir. No podía después de Tepito.
El USB brillaba en el puerto de su laptop, una lucecita roja que parpadeaba al ritmo de su pulso. O tal vez era su pulso el que latía al ritmo del USB.
Abrió el video. Los tres segundos. La furgoneta blanca. Luis caminando. La mano que lo agarraba. Pero ahora había algo más.
En el borde del encuadre, donde antes solo había sombra, ahora había una figura. Una silueta pequeña. Un niño.
Marta acercó la cara a la pantalla.
El niño se giró.
Era el mismo. El de Tepito. El de los ojos negros. Pero ahora sonreía. Y en su sonrisa, algo brillaba. El video se detuvo.
La pantalla se llenó de líneas de código. Cientos, miles, un torrente de información que Marta no podía leer. Pero algo en ese código le resultaba familiar.
Era el mismo que había visto en Red Bliss.
El mismo que Carlos había llamado «contrato».
Del fondo de la laptop, una voz. No de los altavoces. De más adentro. Como si alguien estuviera hablando desde el otro lado de la pantalla, literalmente.
—Ya casi nos vemos, Marta.
Ella cerró la laptop de golpe.
Carlos se despertó sobresaltado.
—¿Qué pasó?
Marta no respondió. Miraba su propia mano, la que había cerrado la laptop.
En la palma, escrita con algo que brillaba rojo, una palabra:
JUEGA


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