— REDBLISS — Capítulo 1: La App del momento
- Gardenia Verchiel
- 10 mar
- 8 min de lectura
Actualizado: 26 may

El video duraba apenas unos segundos, pero Marta lo conocía de memoria, ya no necesitaba la pantalla para recorrerlo.
Una calle de Reforma, las tres de la tarde de un martes de octubre. Luis caminando con la mochila colgada del hombro izquierdo, como siempre. Una furgoneta blanca entrando por la derecha del encuadre. Una mano aferrándole el brazo. Y al fondo, detrás de todo, una sombra alargada y borrosa que, en cuatro años y medio, Marta no había logrado convertir en un nombre.
Tres segundos.
El último lugar donde su hermano existió frente a una cámara.
Le daba play y lo observaba una vez más. Hubo una época en que cada reproducción le dolía como la primera. Ahora, algunas noches —y se odiaba por ello—, Luis desaparecía detrás de otra cosa. Ya no era su hermano. Era una anomalía. Un vacío en los registros. Un patrón incompleto.
Lo había analizado tantas veces que corría el riesgo de olvidar a la persona para quedarse solo con el misterio.
Dejó avanzar el video una vez más. Segundo uno. Segundo dos. Segundo tres. Negro.
Estiró el dedo para reiniciarlo.
El pitido del sistema de alertas lo detuvo en el aire.
Eran las 7:43 de la noche.
La notificación mostraba una única línea:
RED BLISS. Firma de servidor compatible con arquitectura Elysium Tech.
Origen: aplicación móvil. Categoría declarada: recompensas y bienestar.
Elysium Tech. Marta llevaba cuatro años y medio esperando que ese nombre volviera a salir a la superficie. La empresa que fabricó los drones que la policía soltó sobre la protesta de octubre del 2021, la misma tarde de la furgoneta, la misma de los tres segundos que acababa de ver. Y el nombre, hundido en silencio desde aquella única filtración, acababa de reaparecer pegado a una app de recompensas que nadie le había mencionado nunca. No era la primera alerta del mes. El sistema llevaba años corriendo en segundo plano, rastreando el nombre de Elysium Tech por foros, redes, filtraciones, cualquier rincón digital donde pudiera asomarse.
En marzo del 2022, el colectivo ZANATE LEAKS soltó los contratos de Elysium con el gobierno —los que probaban quién había construido esos drones— en la dark web y en tres cuentas de Twitter que duraron cuarenta horas activas antes de ser suspendidas.
El escándalo que sirvió de cortina no fue político, esa misma noche, en una transmisión en vivo, el cantante de regional Cristian Madrigal confesó que dejaba a la madre de su hija por Valentina Duarte, de veintiún años, hija de un ícono de la música ranchera. Cuando miró la cámara con los ojos húmedos y dijo “soy un alma enamorada”, México entero se le fue encima setenta y dos horas: memes, canciones de respuesta, hilos infinitos. Nadie prestó atención a los contratos, pero Marta sí. Sabía que cuando algo desaparece de internet demasiado rápido, alguien está intentando que mires hacia otro lado. Después de eso llegaron cuatro años de nada. Cuatro años de alertas inútiles. Hasta esa noche.
Marta releyó la alerta dos veces. Luego buscó la app en la tienda. Doce millones de descargas. Cuatro punto nueve estrellas de calificación con diseño impecable, degradado de rojo coral a rosa neón, tipografía redonda que invitaba al tacto, animaciones que costaban lo que ninguna app de recompensas tiene presupuesto para costear. Y no había visto un solo anuncio de ella en ningún lado, ni en Instagram ni en YouTube ni en ninguno de los foros que visitaba a diario. Sin campaña visible, sin influencers patrocinados, sin el rastro que deja cualquier lanzamiento legítimo cuando alguien paga por posicionamiento. Doce millones de personas que llegaron a algo que nadie promovió públicamente. Lo viral deja un rastro que se puede seguir hasta quien lo pagó; esto no dejaba ninguno, y eso solo lo consigue alguien con los recursos para montar una operación y hacerla pasar por milagro espontáneo.
El café que tenía en la mano estaba frío. Se lo había servido caliente hacía rato, esa misma tarde, antes de obligarse a abrir el otro archivo que llevaba dos días evitando.
El PDF de la Dra. Ríos. Atención oncológica. Ciclo siguiente. Ocho mil cuatrocientos cincuenta pesos. La cifra no tenía nada de redonda y eso la hacía peor, ese cincuenta sobrando al final como para recordarle que nadie redondeó nada a su favor.
Tenía la otra hoja abierta debajo, la de sus cuentas, partida en dos columnas que no se parecían en nada. La de la izquierda era la que la sostenía: un contrato a medias con un despacho de diseño en la Roma, ni de planta ni del todo por su cuenta, lo bastante formal para tener un depósito el día quince y lo bastante frágil para que nadie le firmara el dieciséis. Debajo iba lo que de verdad cuadraba los números: el outsourcing, maquetación y soporte para una empresa de software en Denver que le pagaba en dólares y a la que se conectaba de madrugada, cuando coincidían los husos y cuando ella ya estaba despierta de todos modos. La columna de la derecha era la del relajo, la que tomaba cuando podía más por no perder el músculo que por el dinero: un logo para una taquería que le pagó en especie con dos semanas de quesadillas, un cartel para un gimnasio que todavía debía la mitad, una campaña de redes para un político local que le había mandado el día anterior un mensaje que decía ‘ahorita no es buen momento’ sin especificar cuándo sí iba a serlo.
El departamento estaba en un tercer piso sin ascensor en la Narvarte, paredes con manchas de humedad que el tiempo fue dibujando solo, formas que aparecieron por su cuenta y se quedaron. La ventana daba a un callejón donde el sol entraba cuarenta y siete minutos al mediodía y luego desaparecía. Llevaba años ahí. Los primeros los compartió con Luis. Los últimos cuatro y medio los llevaba sola, aunque sola no era la palabra exacta para alguien que vivía rodeada de todo lo que quedó de una persona que no había encontrado.
Afuera, la Narvarte olía a escape de combi mezclado con el aceite del puesto de quesadillas de la esquina, esa grasa caliente sobre comal de hierro que llevaba décadas sin lavarse del todo y que se colaba por las ventanas cerradas de los edificios viejos como si el barrio cobrara renta en especie.
La Ciudad de México a esa hora tenía la temperatura de algo que estuvo hirviendo todo el día y que todavía no decidía si enfriarse. El tráfico en Insurgentes se asentaba, capas de lámina y cláxones que llevaban tanto tiempo siendo el fondo sonoro de todo que el cerebro ya los registraba como silencio. En la banqueta, dos chicos en patineta serpenteaban alrededor de un carrito de elotes sin reducir la velocidad; el elotero los observaba con resignación, sabiendo que la ciudad no altera su humor por gestos tan pequeños. Un perro escuálido olfateaba una bolsa de basura con la calma de quien sabe que nadie va a correrlo. Los semáforos cambiaban de color para nadie en particular.
La ciudad llevaba meses maquillándose para el Mundial. Pintaron de morado las bancas, los postes y las guarniciones de las banquetas —el morado nuevo, el de la causa de las mujeres— y sembraron ajolotes de colores en el pavimento de las avenidas grandes, aunque a la Narvarte el presupuesto del maquillaje le llegaba tarde y diluido. De noche, bajo los faroles, ese morado se apagaba en un tono de moretón.
En el zaguán de enfrente, dos vecinas se pasaban un teléfono. Una le enseñaba a la otra que Red Bliss le había regalado café dos veces esa semana; la otra contaba, muerta de risa, que la borró y que de todos modos se le volvió a instalar sola al día siguiente. Ninguna de las dos dejaba de sonreír. Tres pisos más arriba, Marta todavía no las oía.
Era martes. Los martes en la Narvarte eran idénticos a los lunes, salvo que ya no quedaba la esperanza del fin de semana para distraer a nadie de lo que debía.
Desde donde estaba sentada podía ver sin querer todo lo que llevaba años mirando: las fotografías de marchas pegadas con cinta de aislar porque el pegamento mancha y porque la cinta se puede despegar cuando un hilo no lleva a ningún lado, los recortes donde el nombre de Luis aparecía en letra pequeña entre muchos otros nombres en letra pequeña, el archivador rojo en el lomo del escritorio con el marcador negro que decía #Desaparecidos. La última gaveta estaba cerrada con llave. Ahí estaba el expediente de Luis, la carpeta gastada de tanto abrirla, las denuncias que nadie leyó. El USB con forma de rompecabezas le colgaba del cuello sobre la ropa, lo llevaba desde el día que Luis no volvió sin haberse preguntado todavía si era un hábito o una forma de no soltar.
El tatuaje en la clavícula le picaba a veces, era un código QR que Luis le sugirió hacerse hacía casi seis años con el argumento de que era cool, que era diferente. Ella lo dejó hacer porque en ese entonces hacerle caso a Luis en las cosas pequeñas era más fácil que discutir. Lo escaneó una vez cuando el tatuador terminó de grabarlo y decía “Te amo hermana”. Sintió curiosidad después de la primera semana de la desaparición, y ese mismo tatuaje llevaba a un sitio encriptado que ya no existía, lo siguió intentando más pero siempre con el mismo resultado.
Su madre en Puebla creía que Luis migró voluntariamente. Las autoridades la convencieron, o ella necesitaba creerlo para no derrumbarse, y eso dejó a Marta buscando sola durante cuatro años y medio sin que la única persona que debería buscar con ella se moviera de esa versión. No se lo discutían. Llevaban años en ese pacto donde ninguna decía lo que sabía y ninguna preguntaba lo que temía escuchar. Los ocho mil cuatrocientos cincuenta pesos del ciclo de quimio iban a Puebla cada mes sin falta, y se transferían completos porque para eso trabajaba de madrugada: los dólares de Denver existían para que esa cifra nunca tuviera que faltar. Lo que sobraba después se repartía entre la renta, la conexión y lo demás, en ese orden, porque Marta había decidido hacía tiempo cuál de las tres podía esperar.
Marta volvió a la pantalla. La alerta seguía ahí, parpadeando. Le dio clic a Descargar.
El registro era un juego de preguntas que sonaban a terapeuta barata: ¿Qué harías con un día libre? ¿Qué necesitas más en este momento? Marta eligió Ayudar a alguien porque era la opción que menos datos personales requería, y la app festejó con confeti digital. Primera oferta: un latte gratis en el café a dos cuadras. Estaba a punto de cerrar la ventana cuando vio la letra al pie.
Al reclamar, aceptas compartir tu ubicación en tiempo real por 48 horas.
Tomó captura, abrió el código fuente en la computadora y puso a correr el análisis.
RED BLISS © Gardenia Verchiel
Esta obra es propiedad intelectual exclusiva de su autora y se encuentra protegida por las leyes nacionales e internacionales de derechos de autor.
Queda estrictamente prohibida la reproducción, copia, distribución, publicación, adaptación, traducción, comercialización, utilización para entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial o cualquier otro uso total o parcial de este contenido, por cualquier medio físico o digital, sin autorización previa y por escrito de la autora.
La difusión no autorizada, el plagio, la apropiación de personajes, escenarios, argumentos, conceptos narrativos o fragmentos de esta obra podrán dar lugar a las acciones legales correspondientes.
Si deseas compartir esta historia, comparte únicamente el enlace oficial de publicación.
Todos los derechos reservados.
© Gardenia Verchiel

Comentarios