Bajo Red Mesa - I
- Gardenia Verchiel
- 5 abr
- 6 min de lectura
Actualizado: 19 may

I
Tom McBride llevaba más de quince años bajando a las entrañas de la tierra y habÃa aprendido a desconfiar de ciertos ruidos. La madera que se queja no suena igual que la piedra a punto de ceder. El goteo de una filtración no tiene el mismo peso que el aire cuando se mueve por túneles viejos. Incluso el silencio posee su carácter bajo tierra. Hay silencios blandos, silencios de espera, silencios que se quedan pegados a la lámpara y a la espalda de un hombre como si la mina misma contuviera el aliento. Pero aquello era otra cosa.
Aquella noche, en la galerÃa más reciente de Red Mesa Mine, el sonido no parecÃa venir de la piedra. Tom se detuvo un instante y apoyó el mango del pico contra el muslo. La llama de la lámpara de aceite colgaba de un gancho oxidado clavado en la pared, apenas suficiente para arrancarle un resplandor amarillento al polvo suspendido en el aire. Llevaba la camisa empapada entre los hombros, las mangas arremangadas hasta los codos y la frente surcada por hilos de sudor que, mezclados con tierra roja, le bajaban hasta la barba corta y áspera. Cada respiración le sabÃa a metal, a sal y a ese gusto amargo que deja el polvo de mina cuando uno lleva demasiadas horas tragándoselo.
Se pasó el dorso de la mano por la cara y miró la pared que tenÃa enfrente. La veta era estrecha, más oscura que el resto de la roca, y parecÃa internarse en la montaña como una costura mal cerrada. Desde que el capataz ordenó abrir ese nuevo tramo, algo en aquel lugar le habÃa incomodado. No sabÃa darle nombre. Nadie en Copper Hollow era dado a buscarle demasiadas palabras a lo que podÃa partirte el cráneo sin previo aviso. Si una mina querÃa matar, mataba. Asà habÃa sido siempre.
Aun asÃ, cuando golpeó otra vez el muro, el sonido le erizó la nuca.
No fue el golpe seco y lleno de la roca firme. No fue el chasquido áspero de una veta quebrándose. El impacto se hundió en la pared y regresó como un eco hueco, profundo, casi blando, como si detrás de aquella costra mineral no hubiera piedra sino un espacio vacÃo.
Tom frunció el ceño y volvió a golpear.
El sonido fue el mismo.
Dejó el pico en el suelo y se agachó, acercando la lámpara. La llama tembló dentro del cristal manchado y el resplandor se extendió sobre la roca rojiza. HabÃa una lÃnea fina en medio del muro, apenas visible, una grieta angosta que no estaba ahà unas horas antes, o que quizá habÃa pasado por alto entre tanta tierra suelta y tanta fatiga. Apoyó la mano en la pared.
La piedra estaba frÃa.
No fresca, no húmeda, no helada como una corriente subterránea. FrÃa de una manera extraña, como si no perteneciera al mismo cuerpo de la montaña.
Tom retiró la mano de inmediato.
—No me jodas —murmuró.
Miró por encima del hombro. El túnel quedaba vacÃo a sus espaldas. Los otros hombres habÃan subido hacÃa ya más de media hora. Se habÃa quedado abajo para rematar aquel frente antes del relevo del amanecer. Afuera, sobre la superficie, probablemente aún quedarÃa café tibio en la olla ennegrecida de la cocina y algún guiso espeso de frijoles con carne reseca pegado al fondo de una cazuela. Los catres duros de los barracones, las botas alineadas debajo de las camas, el ronquido de Hank Doyle abriéndose paso entre la madera y la noche. Todo eso estaba allá arriba, en el mundo de los hombres. Ahà abajo solo quedaban él, la roca y aquel silencio raro.
Agarró otra vez el pico. Se colocó firme, escupió a un lado y dejó caer el golpe con más fuerza.
La grieta se abrió un poco más.
No fue mucho. Apenas un crujido, una pequeña flor negra abriéndose en el centro de la veta. Pero de inmediato sintió en el rostro una corriente de aire. Tan repentina que retrocedió por instinto.
Era frÃa.
Un hilo delgado, constante, imposible.
Tom alzó la lámpara y acercó la cara. El aire salÃa de la grieta como un aliento retenido durante demasiados años. No olÃa a humedad ni a tierra podrida, tampoco al gas agrio que a veces se formaba en los túneles profundos. No olÃa a nada que él conociera. Era un aire seco y antiguo, con una limpieza desagradable, como si hubiera permanecido encerrado tanto tiempo que ya no perteneciera al mundo de afuera.
La llama vaciló.
Tom dio un paso atrás.
—No jodas, ¿qué es esto? —se dijo.
La pared se movió.
Fue un movimiento mÃnimo, apenas una ilusión, pero lo vio con claridad. La roca no se partió. Se hinchó hacia afuera y retrocedió, como el pecho de un animal dormido.
La boca se le secó.
Se quedó quieto. Tan quieto que oyó el goteo lejano al fondo del túnel. La madera crujió. Polvo cayó desde arriba. La mina estaba viva de sonidos pequeños, como todas las minas. Y debajo de ellos, debajo de la madera, del polvo, del metal de la lámpara y del latido que le golpeaba las sienes, habÃa otro sonido.
—Latidos —pensó—. La puta piedra tiene latidos.
No supo cuánto tiempo se quedó allÃ, escuchando. El cuerpo entiende antes que la cabeza. Lo sintió en la espalda, en el estómago, en ese escalofrÃo que no es frÃo sino aviso.
Era un latido. No el suyo. El suyo iba desbocado, torpe, humano. Aquello venÃa de más abajo. De detrás de la pared. De algún sitio dentro de la montaña donde no debÃa haber nada capaz de sostener un pulso.
Tom retrocedió otro paso, sin dejar de mirar la grieta. El mango del pico se le enredó en la bota y casi lo desequilibró. Maldijo para sÃ, alargó el brazo para recuperar la lámpara. El sonido cambió.
Ya no era solo un latido. También habÃa un roce, una vibración sorda, un arrastre detrás de la roca. Como si algo enorme acomodara su peso al otro lado.
El sudor le corrió frÃo por la espalda. Quiso convencerse de que se trataba de un desprendimiento, de una corriente atrapada, de alguna bolsa hueca que la cuadrilla habÃa abierto sin darse cuenta. Quiso pensar en vetas, en fallas, en razones. Pero la lámpara tembló de nuevo y la luz, al deslizarse por la grieta, dejó ver durante un instante algo que no encajaba con ninguna explicación de hombre sensato.
No fue una forma. No del todo. Fue más bien un brillo opaco, una hondura más negra que el resto de la sombra, una impresión fugaz de profundidad imposible. Como mirar el ojo de un pozo donde no se refleja la luz.
Tom retrocedió de golpe.
—¡Crowe! —gritó, aunque sabÃa que Elias Crowe estaba arriba, quizá a media taza de café de distancia, quizá dormido, quizá demasiado lejos para oÃrlo—. ¡RamÃrez!
Su voz se perdió en el túnel y regresó rota.
El latido siguió allÃ.
Un golpe.
Luego otro.
La grieta crujió otra vez.
Tom soltó el pico y levantó la lámpara con ambas manos. El cristal vibraba entre sus dedos. SentÃa los nudillos húmedos, la garganta cerrada, las piernas listas para correr aunque el miedo todavÃa lo clavaba al suelo como si también él hubiera empezado a formar parte de la pared.
La corriente de aire se hizo más fuerte.
La llama se dobló.
La sombra se agitó detrás de la grieta.
Algo, desde el otro lado, respondió.
No con una voz. No con una palabra. Fue un sonido más viejo, más hondo, tan bajo que casi no entró por los oÃdos sino por los huesos. Una resonancia que subió por el suelo, le atravesó las botas y le trepó por el cuerpo, como si la montaña acabara de recordar que habÃa hombres hurgando en su carne.
Tom quiso echar a correr.
Quiso darse la vuelta y dejar atrás aquella veta, aquel túnel y aquella noche entera.
Pero en ese mismo instante la pared se abrió un poco más y la lámpara se apagó.
La oscuridad cayó sobre él de una forma brutal, total. Como si alguien le hubiera cubierto la cabeza con la mano de un dios enterrado.
Y en medio de esa negrura, antes de que el terror le soltara las piernas, Tom McBride oyó el latido. Ya no venÃa de detrás de la piedra. VenÃa de la mina entera.
(continuará...)
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