top of page

Bajo Red Mesa — II

Actualizado: 19 may

BAJO RED MESA - 2


II

El amanecer llegó a Copper Hollow con un viento extraño. No era fuerte, apenas una corriente fría que bajaba desde Red Mesa y recorría el campamento como si viniera de dentro de la montaña. El cielo comenzaba a clarear detrás de Red Mesa, iluminado por la primera luz, mientras el sol trepaba por el horizonte.


En el corral, un caballo relinchó. Luego otro. No era el relincho de costumbre, ese quejido mañanero por la comida. Era un sonido agudo, rasgado. Los animales golpeaban la tierra con las pezuñas, una y otra vez, y sacudían las cabezas con tal fuerza que las crines les azotaban el cuello. Sus ojos blancos brillaban fijos en la montaña. Como si algo invisible les caminara por el lomo. Como si ya supieran lo que los hombres aún no querían ver.


En la cocina, el fuego llevaba horas encendido. La olla negra colgaba sobre las brasas, y dentro hervía un guiso espeso de frijoles con carne salada. El pan duro estaba cortado en trozos desiguales sobre una tabla manchada de grasa. El café humeaba en la olla de hierro, pero su olor no era el de la mañana limpia. Olía a hollín, a fondo quemado, a algo que llevaba días estancado. Pero nadie decía nada. Los hombres lo bebían a sorbos cortos, sin quejarse, porque en Copper Hollow ya nadie se quejaba de nada. El silencio se había vuelto más espeso que el guiso.


Los primeros mineros salieron de los barracones. Llevaban sombreros de ala ancha, sudados por dentro, con las copas hundidas de tanto usarlos bajo el sol que ardía sobre la mesa roja. Camisas de algodón tan manchadas de polvo de Red Mesa que parecían teñidas con la sangre seca de la montaña. Botas pesadas, la suela gastada de un lado, el talón deshecho de caminar sobre la roca que llevaba siglos esperándolos. Hombres que llevaban años respirando el polvo de las galerías profundas y ya no notaban el sabor metálico que les dejaba en la lengua. Lo escupían por las mañanas, mezclado con saliva espesa, y no pensaban en ello. Era parte de la vida en Copper Hollow, como el frío que bajaba de Red Mesa al anochecer o el rumor de que algo, muy abajo, empezaba a moverse.


Uno de ellos se detuvo al salir. Miró hacia la cima, donde el sol encendía la roca y los cuervos giraban en círculos lentos. Tenía los ojos enrojecidos, no por la noche, sino por los años de oscuridad bajo tierra. Los demás pasaron a su lado sin mirarlo. Ya no se miraban entre ellos. Se habían mirado demasiado en los túneles, a la luz temblorosa de las lámparas, y habían visto cosas que preferían olvidar.

Uno de ellos se acercó al corral.


—Anoche oí algo —dijo.

—¿Qué cosa?

—Golpes.

—¿En la mina?

—No sé. Sonaba a trabajo.

El otro soltó una risa corta.

—McBride se quedó abajo.

—Sí. Pero eso fue antes de medianoche.


Más allá del campamento, junto al corral, Elias Crowe cepillaba el lomo de un caballo oscuro. El animal movía las orejas con nerviosismo, pero el hombre trabajaba sin prisa. Llevaba el sombrero bajo, las mangas remangadas y la camisa pegada al cuerpo por el sudor seco del día anterior.


Cuando se inclinó para revisar una pata, la tela tiró sobre su pecho. La cicatriz, larga y torcida, le recordó que estaba ahí. Un escozor fino, como si la herida quisiera abrirse otra vez.


—Tranquilo —dijo en voz baja—. No hay nada ahí.

El caballo resopló.

Luis Ramírez apareció desde la cocina con una taza de café.

—Capataz. No he visto salir a McBride.

Crowe dejó el cepillo sobre la cerca y alzó la vista.

—Tal vez ya esté abajo.

—Tal vez. Pero yo soy el que baja primero casi todos los días.

Crowe lo observó. Una mirada que duró lo justo para que Ramírez supiera que lo estaban midiendo.

—¿La lámpara?

—No está en su sitio.

—¿Herramientas?

—Tampoco.

El mexicano volvió la vista hacia Red Mesa. El sol ya tocaba la cima y la roca adquiría ese color rojizo que parecía un sangrar eterno.

—Esa veta nueva no me gusta.

Crowe se inclinó para ajustar la cincha.

—La roca no tiene que gustarte.

—No es la roca.

Crowe se enderezó despacio. La cicatriz le tiró un segundo más de lo necesario.

—¿Entonces qué?

—El sonido.

El capataz sostuvo la mirada.

—Las minas siempre hacen ruido.

—Sí. Pero ese no.


Desde la cocina alguien gritó que el guiso estaba listo. Los hombres se acercaron a la larga mesa del improvisado comedor junto a la cocina. Crowe caminó hacia adentro y se quitó el sombrero antes de sentarse. Ramírez se dejó caer en la silla frente a él.


—¿Oíste algo anoche? —le inquirió.

Crowe negó con la cabeza.

—Dormí.

—Yo no. Pensé que alguien estaba golpeando la roca.

—¿Un derrumbe?

—No. Más regular.

Crowe levantó la vista.

—¿Regular cómo?

Ramírez dudó, solo movió los hombros. Miró hacia la entrada de la mina y no respondió. Uno de los caballos volvió a relinchar en el corral.

Crowe se puso de pie.

—Vamos a bajar.

—¿Ahora?

—Ahora.


Los hombres terminaron el café y fueron por sus herramientas. Picos, lámparas, cascos de cuero endurecido.

Ramírez dejó la taza vacía sobre la mesa y dudó un instante.


—¿Y si McBride decidió dormir en la mina?


Crowe se colocó el sombrero. Miró hacia la montaña un segundo.

—Entonces será mejor que vayamos a darle los buenos días.


Ramírez lo miró, confundido. No supo si reírse o preocuparse.

Crowe dio media vuelta y cruzó el comedor. Ramírez le siguió.

Caminaron rumbo a la entrada de la mina. El polvo rojo crujía bajo sus botas. Una ráfaga de aire frío y polvo rojo bajó desde Red Mesa. Por un instante no vieron nada. Cuando el aire se aclaró, los caballos del corral estaban tensos, las orejas hacia adelante, los ojos blancos. Uno relinchó. Otro golpeó la tierra una vez, como si avisara.

Crowe se detuvo en seco.


Levantó la vista hacia la cima. La montaña ardía con la luz del sol, inmóvil, eterna. Pero él se quedó mirando un rato más de lo necesario. Como si esperara que la roca hiciera algo. Como si supiera que, en algún lugar allá arriba, había algo que aún no entendía.


—Capataz —dijo Ramírez a su espalda.

Crowe no respondió.

—¿Qué ve?


El silencio se alargó. El viento bajó otra vez. Esta vez más frío.

Crowe escupió a un lado y se ajustó el cinturón.

—Nada —dijo al fin—. Pero algo me está mirando.


Bajo Red Mesa y todos sus capítulos, personajes, diálogos, tramas y contenidos narrativos son propiedad intelectual de Gardenia Verchiel (seudónimo) y de su titular real, quien se reserva todos los derechos conforme a la legislación vigente. Queda prohibida la reproducción total o parcial, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sin la autorización expresa y por escrito de la autora. Cualquier cita, referencia o uso legítimo de fragmentos de esta historia deberá incluir la atribución a Gardenia Verchiel y, en su caso, al título Bajo Red Mesa, así como un enlace activo al sitio web oficial o a la publicación original. Las imágenes ilustrativas asociadas a esta obra han sido generadas mediante inteligencia artificial con fines exclusivamente ilustrativos y no constituyen un reemplazo de la obra literaria original. Los derechos sobre las imágenes no son cedidos ni transferidos.

Entradas recientes

Ver todo

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page