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— RED BLISS — Capítulo I. La App del Momento (continuación)

Actualizado: 26 may


A las once de la noche el análisis le confirmó lo que sospechaba y le mostró algo que no esperaba. La arquitectura era demasiado limpia para ser una app de recompensas. El tipo de limpieza que requiere un equipo de ingenieros de primer nivel con presupuesto sin límite visible. Y debajo de esa limpieza, en la cuarta y quinta capa, protocolos de acceso que no correspondían a ninguna función declarada. Rutas de comunicación a servidores que no aparecían en los términos de privacidad. Una arquitectura de red que hacía en segundo plano algo completamente distinto a lo que decía hacer en primer plano.

Rastreó una dirección IP. Desapareció antes de que terminara la consulta. Cambió de proxy, la buscó de nuevo. Nada. El servidor detectó que alguien miraba. Sin aviso, sin rastro, como si nunca hubiera estado ahí.

Eso le confirmó que estaba en el lugar correcto.

Los sistemas que tienen algo que esconder aprenden a esconderse. Los que no tienen nada que ocultar no saben hacerlo.

El departamento se enfrió de esa manera en que se enfrían los departamentos viejos cuando la ciudad baja la guardia, un frío quieto que entra por las ventanas que nunca cerraron del todo. Marta estiró la mano hacia el respaldo de la silla y se echó al cuello la bufanda sin despegar la vista del monitor. Roja, tejida a crochet, con un nudo en la esquina inferior izquierda donde el hilo se enredó y Luis decidió dejarlo así, que se notara dónde había estado el error.

La hizo en diciembre del 2020 y se la entregó en enero, ese diciembre que pasaron solos los dos porque su madre tuvo que cubrir turnos en Puebla y llegó el veinticuatro con un mensaje que decía perdónenme hijos, hoy tampoco puedo. Luis bajó al Oxxo antes de que ella despertara, compró sidra barata y dos vasos de plástico, y pusieron una película de ciencia ficción que resultó mejor de lo que esperaban. A las doce brindaron. La sidra sabía exactamente como sabe la sidra barata de Oxxo, a manzana artificial y a burbujas que duran cinco minutos, y era perfectamente suficiente. Marta le dijo algo sobre abuelas y hombres del siglo XIX cuando vio el regalo. Luis le dijo que se la quitaba si seguía.

Marta se la acomodó mejor y volvió al análisis.

Red Bliss llevaba tres horas y cuarenta minutos enviando paquetes de datos desde que la instaló. Cuatro procesos en segundo plano, consumo mínimo de recursos, intervalos irregulares calculados para no activar alertas de batería. La app la estaba leyendo: historial de búsqueda, contactos, patrones de uso, ubicación aunque el permiso estaba desactivado porque había encontrado una ruta alternativa por el acelerómetro. Marta documentó cada proceso. Cada ruta. Cada protocolo.

Llevaba demasiado tiempo abriendo alertas que se deshacían en nada, y la madrugada tiene una manera de cobrarte cada una. En noches así pensaba en el colectivo, al que había llegado por accidente, persiguiendo una foto: una marcha cualquiera frente a la Fiscalía, un jueves, doce personas y una bocina prestada. Fue a documentarla para diseñar un cartel y escribir un artículo sobre desaparecidos, y se quedó parada más tiempo del que tenía pensado. Ahí conoció a doña Reyna, que buscaba a su hija desde hacía once años y cargaba la ficha plastificada como otras cargan la credencial de elector. Once años. Marta hizo la cuenta sin querer hacerla y le salió el número que no quería: lo que todavía podía faltarle a ella si las cosas seguían igual.

Las madres le habían enseñado lo que ningún manual de búsqueda trae. A leer un oficio hasta la línea donde dice que no van a hacer nada con palabras que parecen decir que sí. A no soltar la ficha aunque el papel se gaste, porque el papel gastado quiere decir que alguien la siguió mirando. A reconocer en otra cara el momento en que el tiempo deja de contarse en semanas y empieza a contarse en cumpleaños sin nadie a quien cantarle. Marta no era madre, pero en el círculo eso no cambiaba en qué silla te sentabas: hermanas, hijas, los pocos hermanos, todos conjugaban el mismo verbo y lo conjugaban en presente, porque para los que buscan nunca termina de ser hoy.

A la una de la mañana encontró el fragmento que buscaba: un metadato en uno de los paquetes con una firma que reconoció. La misma cadena de caracteres que ZANATE LEAKS había filtrado en 2022 como parte de los contratos de Elysium Tech. Alguien de Elysium Tech, o alguien usando infraestructura de Elysium Tech, estaba detrás de Red Bliss.

Abrió un documento nuevo. Empezó a escribir todo lo que tenía.

Fue a las dos menos cuarto cuando volvió al video. Los mismos tres segundos de siempre: la furgoneta, la mano, la sombra que nunca había llegado a ser nadie.

Esta noche algo era diferente. Tenía los ojos entrenados después de tres horas de mirar código en capas finas. Avanzó cuadro por cuadro hasta el segundo dos con cuatro. Se obligó a mirar la zona de la nuca de la sombra durante treinta segundos completos sin mover los ojos.

Una espiral.

Asimétrica, del tipo que no se dibuja sino que se forma, como cicatriz que siguió el camino que el tejido le dejó. Fina. Marta la había visto antes, en otra persona, en otro contexto, suficientes años atrás para que su mente lo tuviera guardado en un cajón que no abría seguido.

Pensó en Carlos.

Pensó en la muñeca izquierda de Carlos.

Y por primera vez en cinco años de confiarle todo, pensó en no contarle algo. La misma marca en la nuca del que se llevó a Luis y en la muñeca del único que la había ayudado a buscarlo. No quería que significara lo que podía significar, pero querer no le había servido de nada en cuatro años y medio y no iba a empezar a fiarse del deseo justo ahora.

Cerró el video, abrió el chat encriptado y escribió:

necesito que veas algo. ¿Estás?

La videollamada entró dos minutos después.

El logo de Carlos ocupó la pantalla, ese lobo de código binario aullando a una luna que era un cero y un uno girando. Aceptó.

La cara de Carlos llenó la pantalla. Tres monitores detrás, el teclado mecánico con las teclas más usadas más claras que las demás, ese nido de cables que nunca ordenaba. Estaba despierto, alerta, con la expresión de alguien que estaba en medio de algo cuando llegó el mensaje y que lo dejó porque el mensaje era de ella.

La muñeca izquierda sobre el escritorio. La cicatriz del implante visible desde el ángulo de la cámara, una línea pálida en la piel.

Marta desvió los ojos hacia la pantalla de la computadora. Tenía la cara de quien lleva horas metida en el código y no va a admitir que está cansada: pómulos marcados, ojos oscuros que miran directo sin parpadear de más, el pelo negro lacio escapándose hacia la cara sin que ella hiciera nada por remediarlo porque tenía cosas más urgentes en qué pensar. La boca en esa línea específica que en ella no era tristeza sino concentración, aunque desde afuera las dos se veían igual.

—Te mando un archivo —dijo—. Dame un minuto.

—¿Qué encontraste?

—Primero dime tú qué ves.

Carlos no preguntó nada más. Marta lo vio acomodarse frente al teclado con ese gesto de quien va a tardar lo que tenga que tardar. Le mandó el análisis completo de la arquitectura de Red Bliss.

Carlos tardó seis minutos. Marta lo vio teclear sin hablar, las cejas levemente juntas.

—¿De dónde sacaste esto? —dijo al fin.

—Lo extraje yo. ¿Qué ves?

—Veo una app que no es lo que dice ser. —Pausa. Más tecleo—. Veo protocolos que reconozco. La arquitectura de red tiene una firma que he visto antes, Marta.

—¿Dónde?

El silencio duró lo suficiente para tener peso específico. Marta lo vio retirar las manos del teclado y dejarlas quietas sobre el escritorio, junto a la cicatriz pálida de la muñeca, como si de pronto le estorbaran o no fueran suyas.

—En código que escribí yo —dijo al fin—. Hace años. Para Elysium Tech.

Lo dijo sin subir la voz, que fue lo peor de todo. Era la calma de alguien que acaba de entender, en tiempo real, que pasó años cargando algo sin saber cuánto pesaba, y que a partir de este segundo ya no iba a poder fingir que no lo sabía.

Marta se quedó quieta. Afuera, en la calle, un camión de basura empezó su ronda de madrugada con ese ruido de engranajes que tiene algo de inhumano a las dos de la mañana.

—¿Cuánto de ese código está en esta app?

—Lo suficiente para que no sea coincidencia.

Ninguno de los dos dijo nada por un momento. Marta pensó en Luis caminando por Reforma con la mochila al hombro izquierdo como siempre.

—Hay algo más —dijo—. En el video de Luis. La sombra detrás de él tiene una cicatriz en la nuca. Una espiral.

Carlos no respondió de inmediato.

—¿La viste tú o la mejoró un programa?

—La vi yo. Fotograma por fotograma, sin filtros.

Otro silencio. Diferente al anterior.

—Mándame el video —dijo Carlos, y en cómo lo dijo había algo que él no estaba nombrando todavía.

—Todavía no. —Marta eligió las palabras con cuidado—. Necesito verificar algo primero. En persona es mejor para esto.

No le dijo la otra mitad: que quería estar en el mismo cuarto que él cuando viera esa nuca, para verle la cara en el segundo exacto en que la reconociera o fingiera no reconocerla.

—¿Estás diciendo que quieres venir a Monterrey?

—Estoy diciendo que hay cosas que no se mandan por ningún canal.

Carlos la miró desde la pantalla. Esa mirada que ella conocía, la de cuando procesaba algo que cambiaba el peso de todo lo anterior y que no iba a decir en voz alta hasta no tenerlo completo.

—Avísame cuando tengas el boleto —dijo—. Te recojo.

—No es necesario.

—Ya sé que no es necesario.

Marta casi sonrió.

—¿Cuánto de ese código es tuyo, Carlos?

—Eso es lo que necesito revisar antes de que llegues. —Una pausa—. Dame hasta mañana en la noche.

—Mañana en la noche.

—Cuídate, criptoloca.

—Tú también.

Se desconectó.

Marta trabajó hasta las cuatro y media de la madrugada del miércoles.

Documentó todo lo que tenía sobre Red Bliss en tres archivos separados, encriptados con llaves distintas, guardados en tres ubicaciones distintas. Regla básica: si tienes algo que vale la pena robar, no lo guardes en un solo lugar. Luego buscó vuelos a Monterrey. El más barato salía el jueves a las seis de la mañana en Viva, novecientos cuarenta pesos con una mochila que cupiera bajo el asiento, porque si la subías al compartimento de arriba eran trescientos pesos más y Marta no le regalaba trescientos pesos a una aerolínea ni aunque le sobraran, que tampoco le sobraban tanto. Pagó con la tarjeta donde caían los dólares ya convertidos y cerró la página antes de pensarlo dos veces.

A las cinco menos cuarto se paró a buscar algo de comer. En la alacena había media bolsa de arroz, un sobre de sopa instantánea y dos huevos. Hizo los huevos revueltos con el chile de lata que tenía abierto y se los comió de pie frente a la ventana del callejón, mirando la calle todavía oscura donde el puesto de quesadillas ya estaba armando el comal para el turno de madrugada.

La ciudad no esperaba a que amaneciera para empezar. Nunca lo hacía.

A las cinco de la mañana apagó la computadora. La bufanda seguía en su cuello desde la madrugada, y ni se acordó de quitársela.

Fue a la cocina a poner el café.

Afuera el miércoles arrancaba igual que el martes, con el mismo olor a grasa de comal y el mismo tráfico asentándose en capas sobre Insurgentes. La ciudad repitiendo el día anterior para ver si esta vez salía diferente.

Antes de cerrar todo, revisó una última vez la captura de la videollamada con Carlos.

La muñeca izquierda sobre el escritorio, la cicatriz del implante, la línea pálida.

Marta acercó la imagen hasta que los píxeles empezaron a romperse. La forma seguía allí.

La misma espiral que aparecía en la nuca de la sombra del video de Luis.

Una coincidencia era un accidente.

Dos empezaban a parecer un patrón.

Guardó la captura en la carpeta encriptada y cerró la sesión. El jueves tenía un vuelo.

Carlos tendría respuestas o no, pero esta vez pensaba escuchar cada una de ellas mirándolo de frente.

RED BLISS © Gardenia Verchiel

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